“Toma el dinero y corre” es una de las recomendaciones que más se oyen últimamente en boca de los analistas que estudian la inversión en participaciones preferentes. Un activo muy poco líquido, de carácter perpetuo y que en muchos casos da una rentabilidad inferior a la deuda pública.

La única buena noticia para los inversores que compraron preferentes es que los bancos y cajas que se lanzaron a vender estos productos lo hicieron para reforzar su capital. Pero las normas han cambiado desde que se produjo la avalancha de preferentes y ahora la regulación del sector financiero ya no las ve con tan buenos ojos. Un mal para la banca que se convierte en un beneficio para los inversores que quieren salir de las preferentes y convertirlas en algo más líquido: las entidades se están apresurando a lanzar ofertas de recompra de sus preferentes para intentar convertirlas en instrumentos que, esta vez sí, vuelvan a computar como capital.

Para ello, la nueva moda es canjearlas por acciones (los bonos, convertibles o no, también están entre los elegidos, pero tienen menos aceptación). Y hay dos modelos para plantear este canje: de forma inmediata o diferida en el tiempo.

En todo caso, el deseo de

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